Cuando eres "demasiado amable"
(o cómo aprendimos a decir “sí” para no decepcionar)
El fin de semana pasado, volviendo de una cena con amigos, mi hija de 11 años me dijo:
—Mamá, no entiendo por qué los adultos se pelean por pagar la cuenta. ¡Es guay que te inviten!
Me reí, de verdad que sí que somos tontos, pero su pregunta me hizo reflexionar.
Ella había visto esa escena tan típica: el “no, por favor, esta vez pago yo”, “ni se te ocurra”, “me enfado si pagas tú”… codazo va, codazo viene para ver quién llega antes con la tarjeta al camarero.
Una especie de duelo medieval de generosidad.
Y entonces me pregunté: ¿por qué lo hacemos?
¿Y por qué a veces confundimos amabilidad con obligación?
He vivido en varios países, y en muchos de ellos lo normal es que cada uno pague lo suyo.
Sin dramas, sin lecturas ocultas, sin que nadie se sienta ofendido.
Consumiste X, pagas X. ¡Chimpún!
Y no pasa nada.
No eres menos generoso por eso.
Pero aquí, en España, tenemos una cultura del compartir y del complacer.
Compartimos tapas, dividimos postres, decimos “sí” al dependiente que nos trata bien aunque no necesitemos lo que vende, hacemos favores que no nos vienen bien solo por no quedar mal.
Y todo eso lo envolvemos en una sonrisa amable.
Sin darnos cuenta, vivimos en la generación del “sí amable”.
Personas que dicen “sí” para no generar conflicto, para no parecer egoístas, para no decepcionar.
Personas que aprendieron de pequeñas que ser buena era decir que sí.
Porque de niños nos enseñaron que el amor y la aprobación se ganaban complaciendo:
“Sé buena”, “no molestes”, “comparte”, “ayuda”.
Y así fuimos entendiendo que agradar era una forma de ser queridos.
El “no” se volvió peligroso.
Decir “no” podía significar perder el cariño, el reconocimiento, la pertenencia.
Y ahora, de adultos, seguimos pagando el precio de ese aprendizaje.
Decimos “sí” al trabajo extra, “sí” al favor que no queremos hacer, “sí” a quedarnos cuando estamos agotados.
Y cada “sí” que no nace del corazón, es un pequeño abandono de uno mismo.
Porque decir “sí” cuando quieres decir “no”, es una forma sutil de decirte “no” a ti misma/o.
Por ser demasiado amable con el otro, terminas siendo poco amable contigo.
Lo que das, te lo quitas.
No hablo de la generosidad genuina, la que nace del amor y te llena.
Hablo de esa amabilidad impostada, del gesto aprendido, del “sí” que evita el conflicto pero te deja vacía.
Quizás, en el fondo, todo esto tiene menos que ver con educación y más con autoestima.
Con la creencia de que si dices “no”, dejarás de gustar.
Con el miedo a no ser suficiente, a defraudar, a que te retiren el amor.
Y sí, culturalmente las mujeres hemos cargado más con eso: ser las que sostienen, las que ceden, las que sonríen aunque algo duela.
Pero cada vez más, muchas estamos aprendiendo que poner límites también es una forma de amor.
Decir “no” no te hace egoísta, te hace honesta.
Decir “no” es reconocerte, respetarte, cuidarte.
Y cuando aprendes a hacerlo, curiosamente, el mundo no se derrumba:
se ordena.
Así que la próxima vez que estés a punto de decir “sí” por costumbre, para tres segundos.
Escúchate.
Si algo se encoge dentro, si sientes tensión, quizás ese “sí” no te pertenece.
A veces, la verdadera amabilidad empieza cuando aprendes a no traicionarte.
Y tú ¿que opinas?
Feliz semana
Ana


